Una fiesta a lo americano

Una fiesta a lo americano

¿A cuántas fiestas de disfraces habéis ido? No sé por qué a la gente le parece tan extremadamente normal haber ido alguna vez a una, porque a mí nadie me ha invitado jamás a algo parecido a no ser que fueran carnavales. Es que ni siquiera en Halloween he hecho algo similar a pesar de que en las películas estadounidenses este tipo de fiestas están a la orden del día. Aunque también lo están las fiestas en las piscinas con cientos de jóvenes buenorros y eso tampoco lo he vivido.

El caso es que el fin de semana pasado me invitaron a un chaletazo que te mueres para vivir la experiencia más extraña de mi vida. Resulta que mi prima, que se ha echado un novio pijo, estaba invitada a la fiesta de disfraces de un colega de este y no quería ir sola, así que me llamó a mí. Normalmente me apunto a un bombardeo pero en esta ocasión fui un poco reticente porque eso de ir a la fiesta de un grupo de niñatos adinerados que querían celebrar el inicio del verano en la nueva piscina del chalet con una fiesta de disfraces “sexys” no me hacía ninguna gracia.

Cuando pensaba en lo que podía suponer algo así me venían a la mente, precisamente, esas películas americanas donde la “cheeleader” más popular del instituto organiza una fiesta en su súper piscina y acaban todos borrachos, liándose los unos con los otros, y dejando de lado a aquellos estudiantes que no están tan buenos como ellos y no visten bikinis de alta gama o bañadores de Louis Vuitton. La única diferencia es que, en esta ocasión, había que ir disfrazado (añadiendo el matiz de que el disfraz debía de ser sexy, en fin….) El caso es que, contra mis principios y por ayudar a mi prima, acudí a la fiesta.

Me compré el disfraz en La Casa de los Disfraces, uno sencillito y de los más baratos que había en la sección “sexys”. Porque sí, existe esa sección y no es cosa de esta tienda online, la tienen todas. Encargué un disfraz de azafata azul pastel (horrible) por 5,95 euros y recé a los dioses del olimpo para no hacer mucho el ridículo.

Cuando llegué allí comprobé que mis imaginaciones no iban muy desencaminadas. Una veintena de chicos y chicas con atuendos de lo más “puteros” esperaban, copa en mano, alrededor de la piscina del chalet a que llegaran todos los invitados. “¿Le pido a mi novio que te prepare algún cocktail”, me preguntó mi prima, “Un whisky-cola”, dije yo… Hay que empezar fuerte. Tal vez, la única diferencia que vi entre la fiesta real y la que imaginé, es que en mi cabeza se juntaban allí un mínimo de 50 personas y la realidad es que no pasábamos de 30; todos muy monos, eso sí.

Yo no pegaba allí ni con cola instantánea

Me presentaron a la mayoría de asistentes y noté como todos me daban un poco de conversación para cumplir con el protocolo educativo y luego huían de mí integrándose en el resto de grupos, sin soltar la copa por supuesto. Todos excepto un chico, de unos 27 años, que tenía especial fijación con mis michelines (le pillé mirándome la pancha alrededor de doscientas veces e incluso me rozó, intencionadamente, en más de una ocasión). Creo que era una especie de fetichista de las chicas gorditas o algo similar. El caso es que no sé si tenía más tema de conversación o no, pero se pasó casi una hora hablando de piscinas: de la suya, de la que tenían antes y de la que acaba de instalar en ese chalet Piscinas DTP (motivo por el cual se hacía esa fiesta de estreno). Conseguí escabullirme de él cuando, por accidente, una chica que ya iba pasadita de copas chocó contra mí y me lanzó todo el contenido de su “piji-cóctel” a la cara y pecho.

La realidad es que me daba bastante igual que el disfraz se estropeara, lo que no me daba tan igual es ir empapada lo que quedaba de noche así que me acerqué a mi prima con la esperanza de que me diera permiso para abandonar la fiesta e irme a mi casa con la excusa. Sin embargo, la misma chica “borrachilla” que me había tirado su copa encima y que iba de enfermera cachonda, decidió perseguirme por toda la terraza mientras se disculpaba una y otra vez. Eso me obligo a ir esquivando sus “zarpas” que intentaban detener mi huida hacia delante buscando un perdón que de mis labios no saldría  ya que, más que un perdón, estaba dispuesta a darle las gracias por el accidente.

Luego todo pasó a cámara lenta, Wonder Woman apareció de la nada con un trapo húmedo e intentó restregármelo por la cara y el vestido mientras yo daba algún que otro pasito hacia atrás huyendo de sus manos. La enfermera cachonda, que seguía detrás de mí, no tuvo reflejos suficientes como para apartarse y tropecé con ella haciéndome caer de culo. Entonces la Wonder Woman, con cara apenada, me dio la mano para ayudarme a levantar, pero como debía pesar 10 kilos y yo 80, lo que ocurrió es que no aguantó mi peso y se le vino el cuerpo hacia adelante, haciéndola caer sobre mí.

A todo esto, mi cabeza sólo pensaba una cosa: al menos no he acabado dentro de la piscina. Pero la cosa no había acabado aún.

La enfermera cachonda, Wonder Woman y otros jóvenes de la piji-pandi, acabaron muertos de risa (al menos sabían reírse de sí mismos) e intentaron ayudarnos a las dos mujeres que permanecíamos en el suelo,  pero una especie de Lara Croft cutre que, por cierto, me había caído mal desde que me la habían presentado dos horas antes, pensó que era mucho más divertido hacernos una foto con el móvil antes de levantarnos con el fin de guardar el recuerdo para la posteridad, y mi prima, que se sintió ofendida por su alarde social-media, intentó agarrarle el móvil para que no hiciera la foto con tan mala pata que, en el forcejeo, el móvil salió disparado hacia la piscina y … “MI MÓOOOVIL”, se escuchó por todo el jardín antes de que el susodicho acabara en el fondo del agua.

“Trescientos pavos de móvil a la mierda”, pensé, y me quedé corta, porque el jodío costaba la friolera de 725 euros, un dineral que ni mi prima ni yo pensábamos pagar, así que empezó una especie de pelea estúpida por ver quien se hacía cargo de lo ocurrido. “Tú”, “no tú”, “no tú”, “no tú”…. Aquello parecía la conversación de una pareja de enamorados que no quiere colgar el teléfono, sólo que con más mala ostia.

Al final mi prima, su novio, y yo, tuvimos que salir cortando el viento de allí, huyendo de la quema, mientras que la joven Lara Croft seguía lloriqueando por su móvil.

Yo auguro a esa relación un par de semanas más a lo sumo y con mucha suerte. ¿Qué pensáis vosotros?