Ojo con el paintball, no es apto para torpes

Ojo con el paintball, no es apto para torpes

¿Habéis intentado alguna vez jugar el paintball? Si no lo habéis hecho y lo estáis pensando os voy a comentar mi resultado: un dedo de la mano y una oreja morada, dolor de cabeza y un miedo atroz a que me vuelvan a disparar un balín de esos de puntura. En serio, duelen mucho, y aunque sé que hay quienes repiten y repiten y se lo pasan genial, creo que a la próxima veré la partida desde el banquillo, bien lejos de la línea de tiro.

La semana pasada fue el primer fin de semana que salió de verdadero sol desde hace meses. Este año llover no lloverá, pero tampoco nos dejan disfrutar del sol así que no veo el lado positivo a esta climatología en ningún lado. El caso es que pillamos una casita rural en el sur, en Antequera, muy cerca de Málaga, e hicimos senderismo, rafting y paintball con la agencia Ocio Aventura Cerro Gordo, muy recomendable por cierto. Yo lo pasé genial en todo, y eso que no destaco precisamente por ser muy atlética, pero el momento Paintball fue bastante desastroso para mí, aunque he de añadir que estas cosas solo me pasan por torpe y mala suerte, de normal, no pasan.

Stallone es un aprendiz a mi lado

La idea de hacer Paintball me parecía una pasada, de hecho estaba tan emocionada que me había pintado dos rallas con el eyeliner negro en medio de los mofletes, a lo Rambo, e incluso planteé una súper estrategia con mi equipo para cargarnos a todo integrante del equipo contrario a base de balazos de pintura, así que fijaos si me gustaba  a mí la idea.

Llegamos allí dispuestos a comernos el mundo y como ya me habían avisado, llevaba ropa para parar un tren. Me puse unos leggins y camiseta interior, un chándal bueno con zapatillas y encima el mono que me dieron. A todo esto, además, nos pusimos máscaras, peto protector y guantes, es decir, que era casi imposible que una de esas balas de pintura rozada mi piel y, sin embargo, lo hizo.

El primer golpe lo recibió mi dedo meñique. Mira que tiene que ser difícil que, con lo grande que soy por todas partes, vaya a venir alguien a dispararme un balín justo en una de las pocas zonas milimétricas que no tenían protección, ¿verdad? Pues lo consiguieron. No sé quién fue, ni quiero saberlo, pero un balín de esos acabó estampado contra mi dedo meñique que se empezó a amoratar por momentos. No podía doblarlo y el pobre parecía una morcilla.

También os adelanto que no pasa nada, que son gajes del oficio y que nadie se va a morir de eso, pero el caso es que yo he tenido mi dedito dolorido por toda esta semana y basta que algo te duela para que todos los golpes vayan ahí ¿verdad? Pues eso…

El segundo golpe se lo llevó mi oreja derecha, por mi culpa claro está, y es que cuando te da un balín de pintura quedas eliminado así que tras recibir el primer golpe en la manita me levanté para salir tranquilamente del campo de batalla. El problema es que me dolía tanto el dedo que quería ver qué es lo que me había hecho así que cuando estaba a punto de salir decidí quitarme el casco con tan mala suerte que otro balín me dio en toda la oreja derecha. La suerte es que debió rozarme, ya que nadie me estaba apuntando a mí, pero me dolió como mil demonios y, por supuesto, acabé con la oreja morada.

En las instrucciones, los profesionales de la agencia nos debieron decir unas 200 veces que no nos quitáramos la protección hasta que no hubiéramos salido del recito y yo, como soy así de desastre, arriesgué los últimos pasos hasta la puerta para ver mi dedo meñique y eso me costó un gran dolor de oreja, sin consecuencias por suerte.

El dolor de cabeza y el miedo han venido de regalo. Supongo que el dolor de cabeza tendrá algo que ver con el balín que rozó mi oreja, y el miedo es normal teniendo en cuenta mi desastroso paso por la actividad, pero sea como sea no seré yo quien vuelva a vivir una experiencia en la que haya balas, por muy de pintura que sean. Lo juro.